Las Musas
Del libro: La historia de la mujer en 100 objetos de Espido Freire
Imaginar una musa: mujer con vestido blanco, sedoso y casi ajustado, un rostro agradable de labios rojizos. El cabello recogido y tal vez dos tirabuzones castaños cayendo por las sienes. Un canon de belleza griega.
Sobran mujeres cuyo rostro y cuerpo se ve, pero cuya voz no se escucha.
Dice Espido en su libro. El problema no fue únicamente ignorar sus palabras, sino nunca darles un espacio y una educación para que su voz fuera igual de fuerte e ilustrada.
Mi primera musa
Hace tiempo que conozco a Espido Freire, una mujer que con apenas 25 años (la más joven de la historia) ganó el Premio Planeta. Cuando aún seguía siendo un certamen justo, claro. Tuve la enorme fortuna de encontrarla casualmente en el inicio de mi camino literario. Era la entrega de unos premios a la que acudí, ignorante de mí, sin saber que encontraría de frente a una grandísima referente. Sobresaliente escritora pero si cabe aún mejor oradora. Serena, cultísima, profunda en sus ideales, cercana, actual y defensora incansable de la lectura. Si aún no conocéis a esta musa, os dejo una entrevista del programa "Plano General" de RTVE para que entendáis la veracidad de este epíteto: Plano General - Espido Freire
Ella fue la primera en habitar mi Monte Parnaso, el lugar que ocuparon las musas en la Antigua Grecia y el lugar en el que, metafóricamente, guardo a cada uno de los artistas que se suman a mi inventario. Espido Freire fue sólo un apoteósico inicio.
Después de ella, las Sin sombrero llegaron a mí con paso tímido pero demostrando la intensidad que escondían en su invisibilidad obligada. Maruja Mallo, pintora de este grupo, da pie con una de sus obras a este post: El Canto de las espigas. La pintora se inspiró en una manifestación en la que las mujeres españolas pedían pan durante la Guerra Civil española.
Sin embargo, son tantas sus historias que todas merecen un capítulo a parte. Y sin precipitarnos, os las daré a conocer.
Unas páginas que sorprenden
Cien capítulos: El cántaro de agua, la caja de Pandora, la cuchilla de la ablación, el gato de las brujas, el corsé, la lejía, los pseudónimos, el cuidado de las lápidas, el monstruo de Frankestein y un infinito etcétera en el que ni siquiera cabe todo lo olvidado. Objetos dispersos, desde el inicio de los tiempos hasta la actualidad, que se unen en la feminidad, en la historia de una única mitad de la humanidad.
"Todas putas" (¡Es que cómo voy a poner esto! - Me estoy planteando internamente). Pero si vergüenza no le dio a un francés escribirlo en el siglo XIII, a mí menos gritar que es una barbaridad. Guillaume de Lorris, autor del Roman de la Rose, no se quedó corto en pasajes misóginos y exagerados en una época en la que la mujer seguía siendo la razón de la expulsión del paraiso bíblico y el origen de todo mal -la femme fatale, figura que por cierto me fascina-. Por desgracia, es una frase que no se me hace desconocida en el liberal mundo de las redes sociales.
La imagen referente de la mujer de negocios exitosa: labios rojos y tacones. En el siglo XVII sería un tercio ilegal, un tercio prostituta y otro tercio bruja. El parlamento inglés prohibió el maquillaje y los tacones altos (porque claro, una mujer no puede de ninguna manera ser superior en la estatura del hombre). A ellos se sumaron la Iglesia y los griegos, considerando este maquillaje como símbolo de indecendia y hechicería. Hicieron falta tres siglos para que las primeras disidentes retomaran el uso del pintalabios como un símbolo de liberación y defensa de los derechos. Finalmente, ya entrado el siglo XX, Dior lo lanzó al mundo de la moda. Los cánones estéticos son a veces tan incongruentes que parece que su única característica constante es suponer una complicación añadida en este mundo de primeras impresiones y superficialidades.
También hay temas aún candentes en nuestros días. El burka nació en el desierto, como protección del viento, una prenda sin género que acabó por popularizarse entre las mujeres para evitar los raptos en los asaltos. Fue en 1901 cuando se impuso como ley para las mujeres de clase alta en Afganistán, extendiéndose a todas por imitación. Así que no, nunca fue un tema religioso, sino un capricho. Y del burka al bikini, lo que su diseñador denominó "el traje de baño más pequeño del mundo". Tuvieron que buscar a una estríper para su presentación en la pasarela porque ninguna modelo quería lucirlo. Tardó más de treinta años en calar en la sociedad, ¿qué os voy a contar de España? Tan sólo hace falta preguntar a nuestras abuelas cuántos bikinis tuvieron ellas, y plantearnos cuántos tenemos nosotras.
Pero con todo esto, he de aceptar que hoy he cerrado el libro para volverlo a iniciar. Porque hay tanto de lo nunca contado, que incluso una única lectura sigue dejando ausencias. Y conste que se me quedan en el tintero (pendientes, jamás olvidados) muchos de sus capítulos.
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